Todavía crepitan brasas por mi cuerpo, moderé la labor, pero aún arde el cielo. Así, mi Niña, este recién nacido amor lo volaré desde los límites de mis sueños, lindes de mis noches: el ocaso y el albor. Mientras sucede la tarde mi vida se derrite como copo de nieve que cae de las ventanas de mi ser. Así, tu deslumbrante resplandor de Luna, de allá en las nubes, me transmite perenne nácar de lluvia cristalina y liviana. Gema que agasaja con halos de porcelana, el destino de tus ojos, los ojos de mi Alma. Ahora, mi latido, es latido sin gota de sangre, un mar desolado que se derrama entre corales de Sirena, entre la seda distinguida y exangüe de sus Manos. Mi lamento infantil entre Claveles brillantes, mi arcoiris en la Flor de los colores mi silente clamor para dulces labios boreales y mi exiliada pupila para alumbrar caudales de versos y mareas de poemas inmortales. Si no pusiese una baranda con mis brazos que rodearan la fría sombra que me detiene en tu cintura, cada caricia un beso perenne, y tu sonrisa, de luz imposible, un suave lazo de corazón infantil que ama de forma indemne. Si tú, mi Vida, me desease poseer, alzaría vuelo mendigo para colorear el lindo lar de tu fantasía. Sensitivo, negaría toda luz de flor, pues el duelo que provoca tu ternura en mi entraña es picardía de mujer que envuelve todo pecho con terciopelo. Poeta, negaría letra pasional, pues pétalos de hielo te escribiré con las lágrimas que mi hicieron trasparente. Mari Ángeles, mi inmortal y etéreo corazón tu nombre escribe inmarcesible en un rincón más allá de las nubes de mi razón. Mari Ángeles, mi latido te recubre con la piel de mi corazón, entre lágrimas de estrellas… entre los caireles del cielo para amarte en todos mis amaneceres.
